Sobre el Poeta Alberto Mosquera Montaña, por Andrés Mac Lean


Sobre el Poeta Alberto Mosquera Montaña




Alberto Mosquera Montaña (1 de Enero de 1928 - 25 de Septiembre 2009) escribió por lo menos cuatro obras. Algunas de ellas son: Gris en el alma, Espíritu de luz, Poemas de Abril y Presencias en mi vida.Falleció víctima de una afección cardíaca, dijeron los diarios. Ocurrió en el subte de la línea A, luego de llamar a su mujer – como siempre lo hacia- para avisarle que estaba volviendo. Pero aquel día no volvió. Su cuerpo cayó a las vías del subte. El poeta, que me dedicara algunos poemas suyos, el mismo que me encontró en la cuadra de mi casa leyendo un libro de Jauretche, cierto día, y me confesó haberlo tratado. Allí se inició nuestra amistad, en el gusto por la literatura.
Alberto me hizo conocer el Jockey Club, el café Tortoni, al payaso de Silvio Soldán –muy amigo de él- y a algunos personajes del tango.
Lo recordaré siempre con esa manera elegante y colorida, llena de imágenes, que era su plática. Yo lo conocí de viejo, casi ciego, y conmigo repasó años de su vida. Me transmitió lo que es vivir en un constante estado de ensoñación. Alberto estaba enamorado de la vida. Nos encontrábamos seguido en los cafés y llegué a conocer su departamento de la calle Peña.
Alberto era alegre y esquivaba sus años, con ese espíritu de poeta eterno en el tiempo. Él amaba Buenos Aires más que nadie. La recorría a diario con entusiasmo, conocedor de su historia como era. Y a pesar de su estado de ensoñación constante, era realista.
Hablaba a todo el mundo sobre algunas virtudes un poco escondidas que él reconocía en mí y ayudó enormemente a que las sacara hacia fuera. Él no era un erudito, pero sabía de Historia, de Literatura y de música.
En una ocasión, nos sentamos en su casa a escuchar un CD de Pavarotti. Allí entendí el valor de la verdadera obra de arte.
Alberto no creía, a pesar de los elogios de la gente, estar a la altura de ninguno de los grandes poetas: era humilde y católico. Sabía de la Muerte, y la esperaba pacientemente porque no renegaba de ella, sin embargo, aprovechaba cada instante. Era un viejo activo y arrastraba su cuerpo por todos lados con enérgica elegancia. Cuando salíamos, se conducía de mi brazo, ya que – como a él le ocurriera con Borges – estaba prácticamente ciego. Y aún así, nunca dejó de escribir.
Él me enseñó a acercarme al papel, destapar la pluma y plasmar los mensajes del mundo. Un día, se sentó en el Tortoni, fuertemente apenado por la muerte de un amigo cercano. Yo estaba sentado a su lado y allí lo ví esgrimir unos versos que, siento tristemente no poder recordar, y que me transportan a estas palabras para invocar su alma de poeta.
¿Qué es Abril para mí? Yo no respondo,
Hay otras estaciones que ignoramos…”


¡Qué palabras salían de aquel espíritu! Podía contestar rápidamente y, sin embargo, se expresaba con palabras de belleza y muy bien pensadas para cada ocasión. Las citas, con él, eran uno. Las había asimilado como si fueran frases de amigos de toda la vida, que invocaba cuando correspondía y dejaba mudos a muchos. Iluminaba todo a su alrededor, llamaba la atención y sus conocidos se le acercaban para saludarlo con entusiasmo y casi como si imploraran por unas palabras. Acaso, esa sea la misión del Poeta: iluminar todo alrededor.
Viajaba en taxi de ida y, de vuelta, tomaba un colectivo o el subte. Y le encantaba hacerlo. Charlaba con la gente, intercambiaba ideas, escuchaba con el corazón a los más humildes y, siempre, educaba de manera singular y sorpresiva.
Entre café y café, pasábamos toda la tarde intercambiando ideas y el poeta, con su cultura nada desdeñable, me dejaba perplejo de sapiencia y me ayudaba con el tema de la muerte de mi padre. Él me enseñó a valorar las cosas, a ignorar las estupideces. A ayudarme y elevarme marcándome las virtudes. Me alentó a que no dejara de estudiar nunca pero, también, que no valía la pena dejar de lado los valores inculcados por mis padres por tener un diploma colgado en la pared. Diploma que él nunca consiguió y sin embargo, fue nombrado ciudadano ilustre de la ciudad de Buenos Aires. ¡Es que en realidad lo era! Todo en él hablaba de ilustre.
El poeta Alberto Mosquera Montaña quedará en mí siempre. Siempre habrá algo de él en mí. Ese algo que algunos llamaran vejez, otros palabras rimbombantes, otros dejo de melancolía. Ese algo en mí que busca los versos y encuentra Vida, en la misma ciudad que él amaba.
Por todo eso, he escrito estos versos en su nombre:






Poeta, ¿qué puedo esperar de ti
Ahora que estás allí afuera,
Y ya no puedes enseñarme a mí
Algunas cosas, como el susurro del mundo en espera?


¿Y qué podré hacer yo sólo en Abril
Sin poder verte nunca más
Hasta que me haga viejo y senil,
Comulgue en recuerdos y no vea más?


Yo no estaré en un mármol,
Ni recitaré tus versos,
Yo estaré sentado, escribiendo, junto al árbol
Sabiendo que te fuiste, cantando, por el universo


Poeta mío, de Buenos Aires y del tango
Y del suave respiro del letargo
Que acercabas la melodía del mundo
Al escondido rincón de mi gusto amargo.


Comentarios

  1. Excelente relato y descripcion. Nos transporta a ese lugar, a imaginar y vivir con vos cada situacion. Muchisimas gracias por compartir con nosotros!!!

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  2. Que agradable sorpresa, al poner en el buscador el nombre del dulce Alberto, dar con este interesante blog y tu hermoso poema a su memoria. Me pregunto por qué la mayoría de los argentinos somos tan injustos con nuestras verdaderas glorias? Muchas gracias.

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  3. " Yo no estaré en un mármol,
    Ni recitaré tus versos,
    Yo estaré sentado, escribiendo, junto al árbol
    Sabiendo que te fuiste, cantando, por el universo "

    Esta estrofa en particular me encantó.

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